Hola,
Cuando era pequeño me pegaban en el colegio.
Hoy se le llama buying.
Antes se llamó acoso escolar.
En aquella época, cuando me pasaba a mi, no se llamaba de ninguna forma.
Aquello no existía.
Se hacía como que no pasaba.
Pero si pasaba.
Y mucho.
No me tocaba todos los días, eso es verdad.
Para eso había otros dos chicos.
Los dos se llamaban Francisco.
Curioso.
Conmigo se metían casi todos los días, pero no todos los días.
Y como yo había unos cuantos más.
Pero aquellos Franciscos si que las llevaban todos los días.
Sin excepción.
Aquellos dos Franciscos hoy ya no están.
Uno se cambió de nombre, de cara, de sexo.
Y el otro se suicidó antes de los 30.
No se por qué te cuento esto.
Quizá es mi manera de agradecerles que estuvieran ahí.
Porque así no me tocó más a mi.
Bueno, a mi nadie me ayudó con aquello.
Ni a mi, ni a ellos, ni a nadie.
Eran cosas de niños.
Hasta ahí bien.
Así es como debe ser.
Nada que decir sobre ello.
Yo quiero poner el foco en otro sitio.
En lo que si hicieron los adultos.
Porque todos hicieron lo mismo.
Intentaron disimular lo que yo sentía.
Quitarle importancia.
Tapar el dolor con silencio.
Hacerlo invisible.
Era lo mejor que sabían hacer, está claro.
Puedo ver su buena intención.
Pero fue una estrategia equivocada.
Porque aquellas hostias duraron años.
Y yo también pensé en terminar antes de tiempo.
Muchas veces.
Hoy me alegro de no haberlo hecho.
Pero fueron años muy jodidos.
Y lo peor no eran las hostias.
Nunca me rompieron nada, por ejemplo.
No era el dolor físico.
Lo que más dolía era la falta de comprensión.
No poder hablarlo con nadie.
Porque nadie quería hablar de ello.
Del dolor que yo tenía dentro.
Todos quisieron taparlo.
Distraerme de ello.
Hacer que no lo sintiera.
Mañana sigo.
Disfruta el día.
Gerardo
———
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