Aunque tú lees este correo casi a mediodía, yo lo escribo a las 6 de la mañana.
El mejor momento del día.
Sin estar del todo despierto, me siento y escribo…
Y a menudo, después no recuerdo lo que escribo.
Así que cuando lo leo a mediodía tengo que reflexionar sobre lo que he escrito.
Y no siempre le encuentro sentido a la primera.
Ayer, por ejemplo.
¿Cómo que experimentar sentimientos va en contra de la libertad?
Bueno, pues resulta que es así.
En contra de la libertad y de la mano de sufrir.
Es lo que es.
Esto ya no me sorprende como la primera vez que lo pensé.
Pero en su día sorprendió mucho.
Como cuando descubrí el significado de pasión.
Siempre había asociado la pasión a algo “bueno”.
A algo que disfrutabas.
Mucho.
Hasta que un día me pregunte por qué a la crucifixión de Jesús la llamaban pasión…
Y descubrí que pasión viene de padecer.
Pasión, del latín passio: padecer, sufrir, aguantar, soportar.
Pues estaba claro.
Pero entonces…
¿Cómo llego pasión a nombrar aquello que más nos gusta hacer?
Pues resulta que si lo miras bien, es obvio.
Esto no lo puedo asegurar, pero apostaría a que empezó a variar su significado con las relaciones de pareja.
Una relación muy pasional era aquella que hacía sufrir.
Aquella en la que se padecía.
Y a partir de ahí ya me puedo imaginar todo lo demás.
Peleas, reconciliaciones, intensidad máxima…
Mucha pasión.
Y así fue variando el uso de la palabra pasión.
Pero ojo…
Ha variado su uso.
No su significado.
Aquello que te más te apasiona es también aquello que más te hace sufrir.
Y por lo tanto, aquello que más te impide ser libre.
Mañana seguimos, disfruta el día.
Gerardo.
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