Ayer me escribió una dama para contarme que tiene un problema.
Con la compasión.
Y como parece que no es la única que tiene un problema parecido, vamos a mirarlo.
A ver qué vemos.
La dama tiene un orden de prioridades.
En ese orden, la familia es lo primero.
Seguimos.
La dama tiene una hija.
Y la hija tiene una amiga.
Una niña.
Esa niña tiene una madre.
Y esa madre también tiene un orden de prioridades.
Pero en ese orden, la familia no es lo primero.
Ni la niña.
Entonces.
La dama, siendo compasiva con la niña, deja que pase mucho tiempo con su hija.
Con ellos.
Con su familia.
Porque así, la niña tiene una familia…
Como la dama cree que debe ser una familia.
Pero…
Cuanto más tiempo pasa con ellos, más tiempo la deja la madre con ellos.
Y eso está creando fricción.
En la familia.
Que para la dama es lo primero.
Y la dama se pregunta qué está pasando aquí.
Porque claro, si yo soy compasiva con la amiga…
Pero eso genera problemas en mi familia…
A lo mejor no tengo que ser tan compasiva.
Pero por otra parte…
¿Cómo podría no ser compasiva con la niña?
Bonito conflicto ha generado la compasión.
¿No?
Pues no.
La compasión no puede generar conflicto.
Nunca.
Pero sí puede hacer que veamos los conflictos que nosotros ya tenemos.
Y esto es lo que está pasando.
Esto ocurre cuando la compasión no es compasión.
Cuando vestimos nuestra necesidad de compasión.
Hasta que la necesidad, que no puede disfrazarse mucho tiempo…
Nos hace el gran favor de mostrar que algo no va bien.
En nosotros.
No en la niña.
Ni en la madre.
Y mañana seguimos desde aquí.
Y hablaremos de para qué ser compasivos
Disfruta el día,
Gerardo
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