Hola!
Hoy no vengo creativo.
Solo te voy a copiar una carta que encontré.
Fue escrita en 1927 por un el padre de un niño.
No se si practicaba el estoicismo.
El padre, el niño seguramente no.
Por lo que dice la carta, era un niño y nada más.
Pero si se una cosa: al menos un día, ese padre intentó vivir de acuerdo a su naturaleza de hombre bueno.
Tanto que han pasado casi cien años y vendría viene bien que la leyesen todos los padres.
Aqui te la dejo. Disfrútala.
Gerardo.
Escucha, hijo mío, voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rizos pegados a tu frente húmeda. Me he deslizado solo en tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi periódico en la biblioteca, me invadió una ola de remordimiento. Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que estuve pensando, hijo: he sido duro contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela porque apenas te mojaste la cara con la toalla. Te reprendí porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque tiraste algo al suelo.
A la hora del desayuno también te encontré fallas. Derramaste cosas, tragaste la comida sin masticar, pusiste los codos sobre la mesa. Y cuando saliste a jugar, me volviste a irritar. Te fuiste sin limpiar el calzado.
Durante el camino, regañé también. Ibas caminando con las manos en los bolsillos. Y, cuando subías las escaleras del colegio, giraste la cabeza y me saludaste con la mano y me gritaste: “¡Adiós, papá!”. Y yo fruncí el ceño y respondí: “¡Endereza los hombros!”.
Luego, al caer la tarde, todo volvió a empezar. Al acercarme a casa te vi de rodillas, jugando a las bolas. Tenías agujeros en las medias. Te humillé delante de tus amigos; te arrastré hacia la casa. Las medias eran caras, y si tú tuvieras que comprarlas serías más cuidadoso.
¿Lo recuerdas más tarde, hijo, cuando yo leía en la biblioteca? Entraste tímidamente, con una mirada dolida en los ojos. Cuando levanté la vista, impaciente por la interrupción, dudaste en la puerta. “¿Qué quieres?”, te grité. No dijiste nada, pero te lanzaste a mi cuello y me besaste, y tus brazos me estrecharon con el cariño que Dios había puesto en tu pequeño corazón, y que ni aún el desdén descuida. Y luego te fuiste, trotando escaleras arriba.
¿Sabes lo que estaba haciendo, hijo? Un hábito ruin: encontrar defectos, reprender. Ese era mi pago para ti por ser niño. No esperaba mucho de ti. Te medía con la vara de mi propia niñez.
Y hay tanto de bueno, de noble, de verdadero en tu carácter. Tu pequeño corazón es grande como el amanecer sobre las colinas. Eso lo demuestra tu espontáneo impulso de correr a besarme de buenas noches. Nada más importa esta noche, hijo. He venido a tu cabecera en la oscuridad, y me he arrodillado allí, avergonzado.
Es una débil reparación; sé que no entenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto. Pero mañana seré un verdadero papá. Seré tu amigo, sufriré cuando sufras, reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando estén a punto de salir palabras impacientes. No me olvidaré de decir una y otra vez: “Eres un buen chico. Estoy orgulloso de ti”.
No me daba cuenta de nada hasta ahora. Te miraba como a un hombrecito. Y sin embargo, al mirarte ahora, hijo, acurrucado y cansado en tu camita, me doy cuenta de que eres todavía un niño. Ayer aún estabas en los brazos de tu madre, con tu cabeza sobre su hombro.
He pedido demasiado, demasiado.
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