Así termina la historia que (no) me invento

Seguimos con la historia de ayer.

Esa historia que me invento, pero que ocurrió hace mucho tiempo.


La historia de esa mujer que veía lo que los demás no veían.

Que en algunos momento decía lo que nadie quería oír.



Esa mujer estaba en peligro.

Porque durante mucho tiempo, la incomprensión defendió la ignorancia con violencia.


Entonces…

Cuando ella hablaba sin ser ella, poco podía hacer.

Pero al volver a ella, se negaba.


Oh, qué cosas digo, no me hagáis caso.

Solo salen sandeces de esta boca.

Qué barbaridad, estoy fatal.

Disculpad tanta estupidez en mi.



Y así, pudo sobrevivir.



Porque el ego prefería tener una loca en la tribu…

Antes que una cuerda, y verse locos todos los demás.



Y así, hablando mal de ella misma, sobrevivió.

Y así sobrevivió su hija.

La hija de la rara.


Y su nieta.


Con la hija se olvidó esta historia inventada que ocurrió no hace tanto tiempo… 


Pero la nieta también salió rarita.

La sensible.

La especial.



Y volvió el miedo que se había vivido con la abuela.

 


Esta vez la nieta no tuvo que hacer nada.

Lo hicieron las demás.

Antes de que fuera demasiado tarde.


Ay, esta niña, que tonta es.

Que cosas dice.

No le hagáis caso.


No la miréis.



Y así fue creciendo esa idea en la tribu, en la familia…

Y en ella misma.


La idea de que lo sano era hablar mal de sí misma.

Lo humilde.

Lo adecuado, lo correcto.



Y al contrario…

La idea de que darse valor era algo malo.

Cosa del ego.

Y locura, incomprensión, y soledad.



Y esta es la historia que no me invento.

Una historia que empezó hace mucho tiempo…

Y que todavía vive con nosotros.


Hasta que esa dama comenzó a leer estos correos.

Y…


Bueno, eso, mañana.


Disfruta el día,

Gerardo

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